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“La raza importa . . .”

Es costumbre que cada vez que la Corte Suprema de Estados Unidos anuncia un fallo, el presidente del tribunal, John Roberts, lee un corto resumen para el público y la prensa. El proceso es poco ceremonioso y toma sólo unos minutos.

Pero el martes ocurrió algo insólito. Por primera vez en los cinco años que ha ejercido como jueza en el máximo tribunal, Sonia Sotomayor rompió con la tradición y fue ella la que habló. No para anunciar el fallo, sino para írsele en contra.

Se trata del caso Schuette v. BAMN, en el que la Corte decidió que el estado de Michigan tiene todo el derecho de prohibir —mediante el proceso electoral—, lo que se conoce como “acción afirmativa”. Por casi 40 años, la práctica ha permitido que universidades e instituciones de educación superior tomen en cuenta como factor la raza de los candidatos al momento de decidir si les extiende o no una oferta de admisión.

El tema es muy cercano al corazón de Sotomayor. En contadas ocasiones —al igual que en su bestseller, “Mi mundo adorado”—, la jueza ha señalado que fue gracias al programa de acción afirmativa que ella logró estudiar en Princeton y Yale, dos de las universidades más prestigiosas del país.

Por eso es que para Sotomayor, lo que hizo Michigan es inconstitucional. Y para todos los que estaban en la Corte el martes, su discurso anunciando su voto disidente —sólo su colega Ruth Bader Ginsburg votó igual que ella— se hizo sentir. Y fuerte.

“Mis colegas son de la opinión que no debiésemos tomar la raza en cuenta y en vez dejar que los votantes arreglen las cosas”, indicó la jueza, lamentando que pensasen “que la raza no debiese importar”. Agregó que esa forma de pensar es “ajena a la realidad” ya que “la discriminación racial no forma parte de la historia antigua”.

Todo lo contrario, según Sotomayor.

“La raza importa. La raza importa, en parte, debido a que las minorías raciales tienen una larga historia de falta de acceso al proceso político. . . . La raza también importa a raíz de la persistente desigualdad racial en nuestra sociedad, desigualdad que no puede ser ignorada y que ha producido disparidades socioeconómicas extremas. . . .

Y la raza importa por motivos que van más allá que el color de la piel, que no se pueden discutir de ninguna otra forma, y que no se les hace desaparecer así como así. . . .”

La jueza escribió —y dijo— mucho más. (El escrito de su opinión en contra fue de 58 páginas, casi el triple que la opinión mayoritaria.)

Por ahora, sólo basta decir que fue la única que alzó la voz y consideró grave que la Corte Suprema dejara que los votantes —y no la Constitución misma— sean quiénes decidan lo que puede y no puede hacerse en cuanto al acceso de minorías raciales a la educación superior.

Aunque la acción afirmativa sigue siendo legal en los estados que la permiten, el fallo del martes sienta un malísimo precedente.

Sotomayor lo sabe no sólo desde un punto de vista legal. Lo ha vivido en carne propia.

(Una versión de esta columna fue publicada en la edición impresa y online de El Diario.)

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