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El regreso de Dante

Bill de Blasio jamás hubiese llegado a la alcaldía de Nueva York de no ser por el empuje que le dio su hijo Dante en la primaria Demócrata. Fue la estrella de la campaña.

Y al momento de saberse que un jurado de Staten Island no formularía cargos por la muerte de Eric Garner —el afroamericano que sufrió un paro respiratorio tras ser estrangulado por un policía—, Dante volvió a ser la estrella de su padre.

Pero esta vez no fue Dante quien le habló a los votantes de su padre. Su padre habló de él.

Y es que fue tal el desconsuelo y la frustración que causó el anuncio de que el oficial Daniel Pantaleo no enfrentaría a la justicia, que lo único que pudo hacer de Blasio fue dirigirse al pueblo en un tono familiar. No era tiempo para hablar de políticas, de reformas, de procesos legales, de lo que ha hecho y no ha hecho su jefe de policía, William Bratton.

Era tiempo de sincerarse. Y de hablarle a los neoyorquinos sin libretos y con la mano en el corazón. No como político —aunque es posible que sus dichos se lean como cálculo político—, sino como padre de un joven alto, imponente y de tez oscura. Un joven casi de la misma edad y tamaño que Michael Brown.

“Dante es un buen joven, cumple con la ley”, dijo de Blasio. “Jamás se le ocurriría hacer nada malo. Pero aun así . . . hemos tenido que entrenarlo —de la misma forma que lo han hecho otras familias por décadas— en cómo cuidarse si llegara a tener un encuentro con la policía, la que existe para protegerlo.

“Esa es la dolorosa contradicción con la que se enfrentan nuestros jóvenes: que la policía está aquí para protegernos . . . pero que a la misma vez hay una historia que tenemos que vencer. Porque muchos de nuestros jóvenes tienen miedo. Y muchas de nuestras familias tienen miedo.

“Así que con los años me he preocupado. Chirlane se ha preocupado. ¿Está Dante a salvo cada noche? Hay tantas familias en esta ciudad que se preguntan todas las noches, ¿está mi hijo a salvo? Y no sólo a salvo de las dolorosas realidades —como el crimen y la violencia en nuestros vecindarios—, sino de aquellas personas en las que tienen fe que las protejan. Esa es la realidad”.

Y con eso, de Blasio dijo lo justo y necesario. Podría haberse referido a los lazos del fiscal de Staten Island, Daniel Donovan, con la policía local. Podría haber mencionado las irregularidades del proceso legal. O de la presión política que ejercen los sindicatos policiales en esta clase de casos. O de sus planes de implementar un sistema de cámaras corporales para el NYPD. O de lo mucho que le falta para eliminar la discriminación racial.

Pero nada de eso habría consolado a la familia de Eric Garner, a la ciudad o al país. Por eso sólo se limitó a expresar sus condolencias. A valorar la vida de los afroamericanos. Y a recordarle a los neoyorquinos del hijo en el que muchos se vieron reflejados cuando votaron por él.

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